Llegué a la estación cuando los viajeros de aquel tren estaban ya saliendo del andén. Esperé, inquieto, con la vista fija en la escalera mecánica por donde emergían los rostros desconocidos. No tuve que reconocerla: allí estaba, leggiadra y morena, en un vestido azul que no pesaba, con sus ojos grandes y sonrientes y dos zafiros claros en los lóbulos, del color del aire justo antes de la noche.
¿Puede haber encuentro después de todos los encuentros? ¡Claro! Y hondo. Pero su lugar no está en el calendario, ni tampoco fuera del tiempo. Su sitio está ligeramente por encima, en las ramas de ese día o de esa noche. En horas sin territorio, altas y escondidas, mecidas por alisios sin sentido, sin temor, sin esperanza.
Cuenta el evangelio armenio de la infancia de Jesús que, cuando era un muchacho, hizo acampar a sus compañeros de juegos junto a un árbol gigantesco. «Dio entonces órdenes a éste de inclinar su ramaje y se subió encima. Después le mandó que se enderezara y se elevó con él, contemplando así todo aquel paraje. Jesús se mantuvo allí una hora, hasta que los demás muchachos empezaron a gritar, diciéndole: "¡Manda al árbol que se incline, para que podamos subir contigo!". Así lo hizo Jesús y les dijo a ellos: "¡Venid de prisa junto a mí!". Y se subieron llenos de gozo a su lado. Poco después mandó Jesús al árbol que inclinara de nuevo su ramaje. Y después que todos hubieron bajado, el árbol recobró su posición ordinaria.»
¿Qué se vería desde allá arriba? ¿Hablaron, o permanecieron mudos, dejándose zarandear lentamente en aquel tiempo reservado? ¿Qué árbol sería, acaso un cedro de terrazas numerosas? En Santiagomillas, después de comer, mientras mis tíos y mis hermanos me buscaban para las tareas interminables de aquellos veranos en la Casona, yo me encaramaba a lo alto de la morera inmensa que gobernaba el jardín, y me tumbaba en una horquilla casi horizontal de las ramas altas, oculto en la fronda. Los gritos de llamada cesaban pronto, y después de pringarme las manos con las moras más oscuras me quedaba quieto bajo la cúpula esmeralda, manchando las páginas del libro que me había subido o permaneciendo atento como los tordos recelosos que me miraban desde las ramas más finas.
«Einsam sein, wie man als Kind einsam war», recomendaba Rilke. «Estar solo, como cuando se estaba solo de niño». Pero después que la piel ha sido compartida, ya no es posible encontrar reposo en parte alguna. Ni siquiera, como Cósimo, el barón rampante de Ítalo Calvino, en los árboles sin leyes de la infancia. Sólo hay sosiego en los bosques invisibles que, à son insu, otro hace brotar con su presencia alrededor del sitio. Anota Marcel Jouhandeau en su Chronique d'une passion: «Du moment qu'on aime quelqu'un à ce point, on a son univers et son éternité à soi; on a été attiré, tiré à part, séparé du reste du monde: on a son destin et une morale, une mystique particulières, singulières; mieux, une esthétique incompréhensible aux autres, incompatible avec la leur. Un arbre a poussé dans le Jardin en une nuit et il en couvre le ciel». «A partir del momento en que se ama a alguien hasta ese punto, se da un universo y una eternidad propios; uno ha sido atraído, apartado, separado del resto del mundo; tiene ya su destino y una moral, una mística particulares, singulares; mejor dicho, una estética incomprensible para los demás, incompatible con la suya. Un árbol ha crecido en el jardín durante la noche, y cubre ahora el cielo».
Ese árbol transparente se deshace con la ausencia, pero quien cierta vez fue cubierto por su sombra de libertad y oyó la promesa de sus pájaros, ha quedado contaminado de tanta ligereza imposible que no puede vivir sin esos encuentros que permiten —tan pocos— andarse por las ramas.