Estuve hace poco en Valladolid. Pasé por delante del palacio de Fabio Nelli, y no quise mirar dentro. Me habían dicho que habían talado la espléndida higuera que crecía desde dentro del pozo, cubriendo casi el patio de su fuente lentísima. Me acordé de cierto amigo al que también han desgajado y al que no sé cómo hablar y qué decirle. Las víctimas son intolerables: las metáforas se ajan súbitamente en su presencia, los argumentos se desencajan y las mentiras en cuyo interior vivimos se cuartean, hacen agua por todas partes... Me pregunto si el luto no se inventó más por los demás que por los sufrientes, para alejarlos hasta domesticar el olvido. Y sin embargo, estamos todos hechos de agujeros, como decía Justo Alejo en ocasión semejante, "que así aprisa se fueron, como el agua en una cesta que, dicen, es ala inquieta que no cesa nunca de partir...".
Asi que, si hay que ser algo verdadosos, como decíamos de chicos, habrá que seguir hablando con quienes nos deshacen el lenguaje, aunque sea por medio de palabras incompetentes. Yo esta noche seguía sin hallar las mías, así que me eché andar por las aguas someras de la poesía japonesa de principios del s. X. Entonces los versos se escribían como mensajes particulares, sin pretensión literaria. Quizás por eso resultan aún tan cercanos. Encontré este poema de Ki no Tsurayuki, esbocé una traducción que guardara algo de su frescura, y se lo envié:
