Nunca me he sentido un "expatriado", o "personal desplazado", según me designa la alministración a la que dedico mis días. Nunca he podido comprender tampoco por qué alguien, por el hecho de haber nacido en cierto lugar, puede arrogarse más derecho que yo a la luz de sus tormentas y al auditorio de sus pájaros. ¿No somos todos igual de transeúntes por las estaciones a cada uno concedidas?
Sin embargo, sí sé lo que es el exilio, y para ello no hace falta haber cambiado de país. Puede aplicársele la definición teológica del infierno: un lugar sin mirada y —paradójicamente— vigilado. Como el apartamento de Harry Caul al final de The conversation, de Coppola. No hay territorio luminoso hacia el que retornar o dirigirse. Dentro no quedan ausencias. La casa se ha vuelto un espacio idéntico a cualquier otro, pero su perímetro encubre los micrófonos del miedo. Da igual entonces desollar la piel de las paredes, o levantar las tablas del suelo: persisten ocultos los metálicos oídos de la muerte. Sólo si aquella otra escucha atenta... Pero está tan remota, y tan escaso es el aliento...
Por eso tantos prefieren, y yo también en tantas pasadas ocasiones, colmar los deseos de no se sabe quién: ceremonias de origen olvidado, normales tareas de Sísifo, repetición de gestos sin geografía. En la película, dice Harry Caul hablando de su trabajo: "yo no necesito a nadie".

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