Llevo unos días dejando que el sueño me repare. Volví de Marruecos y me refugié en mi casa de sombra, de donde sólo salgo para sumergirme en una luz que deshace todos los perfiles, que quema las fronteras de todos los tiempos y sólo deja los anhelos inútiles, agua sin agua, temblorosos cómo la calima en el filo del horizonte. En esta llanura a 700 m. sobre el mar se entiende la devastación candente de los escritos de Juan de la Cruz, la devoración de su incendio interior "que con mayor facilidad consumiría mil mundos que el fuego de acá una raspa de lino". Y que, en definitiva, no es para mí más que memoria vacía, el bosque inmolado al que me refería hace dos años.
Yo no quiero que esos ojos que aún me interpelan en cierto minuto, que aquellas manos agarradas Didotou abajo hacia Exarchia queden incluidas en esta luz excesiva. Tal vez no tengan sitio aquí y ahora, pero yo se lo guardo por si acaso vuelven. Que no volverán. Pero aún así.
Por eso considero un alto grado de civilización las despedidas, porque abjuran de la ilusión inmortal de móviles y correos electrónicos y viajes instantáneos, y permiten dividir cuidadosamente el reloj en dos mitades. Al igual que tantos meses de julio en mis destinos, estos días pasados han sido abundantes en despedidas. Quien se va tiene la facultad de decidir el tono, y al que se queda le cabe la cortesía de ajustarse a él. Seleccionaría dos, a bote pronto.
La primera, por un pasillo. Como si no. Como si ella no quisiera reconocer que había compartido su mirada y su lenguaje durante los últimos meses, y que quien da es también cambiado por quien recibe. En cualquier caso, sin ganas de explicarle que esta despedida era definitiva. Que, aunque nos volvamos a ver, ya no seremos los mismos, ni estaremos bajo las palmeras azules de Rabat.
La segunda, con los requisitos que cualquier ritual requiere. Dicen los confucianos que los ritos son necesarios porque "alargan lo excesivamente breve y abrevian lo demasiado largo". Lo segundo es aplicable a la gestión de la violencia por los sacrificios, lo primero vale para cualquier separación. Quedamos a cenar a una hora precisa en un restaurante de Rabat superviviente de los años 20, donde conversamos agradablemente. Blusón blanco de algodón, charla mundana y personal a un tiempo, y confesión singular para un diplomático: "Marruecos me ha dado una calidez en el trato con la gente". También yo reconozco esa efusión cordial, inseparable —esto lo añado yo— de la traición, a la que uno se acostumbra aquí de un modo que sólo quien ha vivido en Oriente comprende y acepta.
Mismamente en tantas despedidas: ¿qué otro nombre tiene esa oculta serpiente que muerde el corazón del que no se va? Yo que me he marchado tantas veces, que la he visto fulminarme desde otros ojos con todo su amor a secas, lo digo: traición. A sus esperanzas y a su ser en crecida. Cuando no a sus mezquinos intereses. Traición injusta, como todas las que tienen que ver con los deseos, pero no menos real. Y traición también en sentido etimológico, que comparte con tradición y traducción: tra-ditionem, de tra-dere, *trans-dare: dar a otro, poner en sus manos. Entrega del que se queda al enemigo, extradición de nuevo a sus ansias y fantasmas.
Entre las 100 Vistas de Edo de Hiroshige, tengo predilección por la de 御殿山, Gotenyama, o Colina del Palacio, en el distrito de Shinagawa, grabado de 1856, en el que los cerezos florecen encima de las heridas dejadas por la tierra excavada para construir defensas tras la llegada del Comodoro Perry en 1853. Gotenyama marcaba el límite sudoeste de Tokio, y era el punto hasta el que los amigos acompañaban al viajero que abandonaba la ciudad.
