No conseguía atinar con el camino de vuelta. Iban a dar las cinco y aún estaba en el Barri Gótic. Tenía que recuperar mi maleta de casa de Susana y llegar a tiempo de coger el tren de regreso. Apresuré los pasos, mientras miraba al fondo de todos los callejones, esperando un golpe de luz, los bordes del estrépito de Vía Laietana. Pero la luz seguía mermando, y ni siquiera estaba seguro de ir en la buena dirección. Empecé a correr.
Vi una pareja perderse en una calleja, entre los muros altos. Giré en su persecución. Al torcer la esquina, sin embargo, me encontré en una plaza sin salida. Tres acacias altas buscando claridad y un muro comido por impactos de metralla y marcas de bala. La gente pasaba por su lado sin prestarle atención.
Me costó separarme de esa pared. Tan próxima, tan lejana. Era un mapa físico de Marte, falto de aire y destrozado por meteoritos. Un paredón rosa recubierto de ombligos, huérfano de todos los asesinados que se apoyaron en él los últimos instantes. Grief. Pena por toda esa gente cuyo nombre desconozco, e indignación de haber vuelto a un país que se despreocupa del paradero de sus muertos. Cuando hasta la piedra acepta llevar cicatrices de su pérdida.
Días más tarde, estaba esperando que escampara refugiado bajo un alero. Llovía a cántaros y contemplaba los charcos. Los goterones abrían huecos que cada espejo volvía a tragar a continuación. El agua invulnerable. Me acordé de aquel muro rosado. Que era también un mapa de mis olvidos. Aunque mi piel no esté marcada de signos azules, mi cuerpo reclama los roces y las heridas que lo volvieron temblón como esos álamos que veo por las mañanas junto al río, aguantando fuera de tiempo su carga de sonidos.
¿Hay fuera de tiempo? Esta noche soñaba que corría con Aviva por Barcelona. Tenía que coger el tren en el que me subiré dentro de dos horas para llegar a una reunión en Madrid. Atravesábamos un mercado, como el de la Boquería, pero también como el de Rabat, con enormes reses desolladas colgando de ganchos. Nos metíamos por una parte en construcción, buscando la salida.
Hace dos días escribía en el tren:
Crece junto al olvido
un muro de carrizos altos.
Tras la helada, sus penachos
arden como cristales rotos
donde mojar mis manos.
Mi cuerpo lleva dentro esquirlas de jazmín, murmullos de noches secas, miradas empozadas. Piden sitio. No sé muy bien cómo dárselo, pero si me he ido, si he vuelto, es para que lo tengan. Estoy aterrizando todavía en el planeta España. Tengo al menos clara una cosa. Que no quiero que se me puedan aplicar las palabras del mensajero en Antígona: "Pues cuando un hombre destruye los objetos motivo de su satisfacción, yo apuesto a que ése no vive, sino que lo considero un muerto que conserva la respiración".


