Ya de vuelta a la vida invisible. Sólo en la noche se abren los ojos, sólo de cristal tocan las manos.
En el momento de la operación yo estaba en Madrid, y al ir a ponerme la corbata delante de una cristalera de la Gran Vía se me salieron del bolsillo de la chaqueta un montón de esquirlas doradas. Parecían fragmentos de papiro, pero no: eran hojas de gingko, recogidas de un paseo por el jardín botánico el otoño pasado. ¿Cómo separar lo hermoso de lo frágil? Sólo durante el peligro aparece la belleza.
"Paciencia y barajar", le dije después cuando protestaba por levantarse e irse a casa. Al cruzar el puente de Poniente me acordé, y me saqué del bolsillo los trozos de hojas amarillas que me había traído. Los dejé caer a la corriente. Al lado, los álamos blancos estaban a punto de desplegar sus velas.


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