En las laderas de las montañas, en León, se mecerán todavía, empapados de rocío, los narcisos que vendían en las esquinas de la calle Santiago cuando yo vivía en Valladolid. Son un poco más pequeños y de un amarillo más pálido que la variedad que se cultiva en jardines, su olor es menos fuerte, pero más amplio. Yo envidiaba a esa gente que salía de madrugada con su camioneta y sus baldes azules hacia las praderas altas completamente cubiertas de narcisos. Me imaginaba lo que sería renunciar a la armadura del chubasquero, arrojar la hoz entre la muchedumbre de tallos, y dejarme vencer entre chasquidos.
Han ingresado en el hospital a alguien muy cercano para una operación a corazón abierto, hoy, esta mañana. Y me acuerdo de los ramos de narcisos cortados, sujetos con gomas apretadas, que ofrecían los vendedores. Tengo la sensación de que voy cargado de ellos y que tengo que llegar pronto a casa para ponerlos en agua.

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