Estoy en un café de sillas de madera, oscuras, de patas combadas. No se oye el entrechocar de tazas y cubiertos, apenas hay gente a esta hora temprana de la tarde. La mesa de mármol late tibia bajo los dedos. Este café podría ser el Café Rif del Zoco Chico de Tánger. O el Pepe Botella de Madrid. También podría ser el café de la Platía Abissinía de Atenas, un domingo después de desmontar el rastro. Incluso el viejo casino de Cabra, en su patio de baldosas ajedrezadas. Quizás, acaso, no ha dejado de ser nunca el Café El Minuto de Valladolid. En las paredes de todos ellos cuelgan espejos, unos más hondos, otros más someros. En todos ellos me encuentro esperando, por ahora, todavía.
casi sin agua
flotan como lámparas
las hojas de los tilos.
¿Cuándo llegarás?
Cada espera, por insignificante que sea la cita, me sitúa en todas las esperas anteriores. En todas las pendientes.
No hay nada que contar, porque nada termina de pasar. Sólo la poesía sirve para hablar de ello.

