Aunque a primera vista parezca un desconchón en el muro, se trata de la valla publicitaria con que se ha vestido el monstruo burocrático que asienta sus reales en París bajo las siglas de UNESCO. Pretende ser un enorme mapa físico del planeta, eso sí, recortado de manera muy correcta por una organización que ha abandonado como fin la "cultura" para centrarse en la "civilización", concepto mucho más abstracto que permite abandonar el apoyo al teatro o a los escritores para dedicarse a generar discursos grandilocuentes. Ambos sentidos se encuentran en griego moderno reunidos en la misma palabra: πολιτισμός, y de su incompatibilidad da fe el lema de la desastrosa olimpiada cultural de 2004: ένα Πολιτισμός των Πολιτισμών, que dio lugar a un batiburrillo de traducciones (una cultura de civilizaciones, una civilización de culturas, etc.) pero sobre todo produjo comunicados prensiles y apenas ningún acto interesante. En griego clásico este vocablo designaba "la administración de los asuntos de la πόλις", esto es, la política pura y dura.
Aquel edificio que Marcel Breuer diseñó en París como una hélice de conocimiento, y al que artistas de todo el mundo contribuyeron con anhelos y meditaciones es hoy el reducto de un grupo de incomunicación y autobombo que se nutre de los desechos políticos de la mitad del planeta. ¿Qué hace ahí, por ejemplo, el representante español? ¿Agitar su banderín de vez en cuando para que incluyan otro pueblo en la lista del "Patrimonio mundial" y poder imprimir la marca UNESCO en los folletos municipales? Un cartelito advierte bien claro a la entrada que los visitantes serán cacheados para, únicamente, recibir una negativa a visitar el Espacio de Meditación de Tadeo Ando, el ángel de Hiroshima o el Jardín japonés de Osamu Noguchi. ¿Problemas de seguridad, de vagancia? Simple desprecio por el ciudadano de a pie sin pertenencia a su casta clerical.
El jardín cerrado se filtra siempre por las rendijas del muro. Trasciende, diría un español del siglo xvii. Pude asomarme desde fuera al espacio desencuadernado que Noguchi dejó para el disfrute público. Aquel laberinto al revés —donde todo en el suelo es sitio, donde sobran las salidas— mostraba muy levemente la señal de las dentelladas del otoño que sigue devorando esta tarde las avenidas de París. Apenas alguna hoja de cobre acostada sobre el agua lenta de la acequia.
