Esta mañana salí de casa media hora antes de lo acostumbrado para tomarme tranquilamente un café, un zumo de naranja y un bollo, mientras leía mi último libro de Quignard. Junto al muro de cristal de la cafetería conseguí parar el mundo (¡qué distintas las cafeterías de los lugares en los que he vivido!) por un rato solamente.
Dos de los personajes del libro son invitados a una fiesta de jóvenes rusos, en un caserón de la isla de Ischia, junto a Nápoles. Hombre y mujer. Al entrar en la biblioteca ven un piano: "Nous refermâmes précautionneusement la porte de la bibliothèque. Nous eûmes à coeur de ne pas blesser les amis. Nous leur aurions fait découvrir la tristesse, la pudeur, la nostalgie, la beauté, l'attente, le raffinement: aussitôt le groupe aurait implosé et nous nous serions retrouvés seuls." A continuación se ponen a tocar el piano, sin llamar la atención de gente que no quieren herir y que no les consentiría esa evocación de la sed que somos, y su reguero de lava intocable: la tristeza, el pudor, la nostalgia, la belleza, la espera, el refinamiento.
Es tan difícil de evitar, y tan dañino, ir elaborando amistades con gente que no está poseída de esta misma hambre de libros y aprendizaje. Por mucho empeño que yo ponga, que el otro ponga, seguirá habiendo siempre un cristal en medio. Igual que para el axolotl de Julio Cortázar.


