Cómo no pedir nacimientos del tiempo... cómo dejar de golpear con las yemas de los dedos los bordes de mesas, puertas, los huesos de árboles perdidos, para convocar inútilmente un aguacero. Cómo no subir cada tarde, cuando en las calles de Tánger se alargan las sombras, hasta el cementerio fenicio, y allí mirar al mar con el resto de la gente.

