De vuelta a Jakarta. Han pasado ya tres días desde que llegué a
aquí, tres días en los que me he paseado como un fantasma por esta
ciudad replicante, donde tengo la sensación de que el tiempo se ha
parado y una marea de olvido me llega hasta la barbilla.
Si cierro
los ojos, me encuentro trasportado de nuevo a aquel lago en Flores,
cerca de Ruteng, que cubre el cráter de uno de los muchos volcanes
dormidos de la isla. Sentado a solas al pie del agua, sólo unos metros
bajo la bruma, en un aire traslúcido en el que resplandecían las
enormes hojas mojadas y las cáscaras de los plátanos que había arrojado
a los monos mientras descendía hacia la orilla. Trinos escasos de
pájaros arañando el silencio. No soplaba viento esa mañana, el lago
ocupaba más que el cielo, el borde opuesto del cráter parecía un puente
precario cruzando el vacío.
Volveré a aquel puente
sólo para tocar tus dedos
y mirar cómo se pierde
toda la sangre sin aire
oculta en tus venas y las mías.
El lugar me recuerda
las fotografías de Fernando Herráez: un paisaje que cifra una
emoción. ¡Cuánto eché en falta en Nueva York paisajes para cristalizar
mis emociones! Este lago volcánico atrapa mi memoria porque no he
salido todavía de él, hace que me sienta un vampiro inquisitivo frente a un espejo que no
le refleja. Quisiera rozar con mis dedos su superficie, igual
que el "agua agitada" en el que según Aristóteles se posan los sueños.
No sé qué imagen espero. A veces pienso que la respuesta, aquí, y siempre que contemplo una película o la televisión o el icono de una mujer gimiente aboliendo mi tiempo con su mirada, es la misma: "oh cristalina fuente, sí en esos tus semblantes plateados formases
de repente los ojos deseados que tengo en mis entrañas dibujados".
Les
yeux sans visage. Ojos sin rostro ante los que me algo dentro de mí me empuja a otorgarme como víctima propiciatoria. Ojos en los que se mezclan todas las miradas: mi padre, mi madre, los distintos nombres propios que ensarta el comboloy de mi soledad, y algunas cuentas cuyas letras ya se han desgastado. Algunos llaman Dios a ese sedimento de pupilas. Yo me rebelo, aunque me cuesta, contra su llamada paralizante, devoradora, contra mi deseo de desfallecer entre fauces sin faz. Aunque, a veces. A veces los ojos son tus ojos.
El lago, pálido como el mercurio, va dejando de temblar. Sobre su cintura se posan con suavidad los dedos distantes de uno de los pocos árboles a los que los portugueses dejaron nombre en esta isla: acasia. Abro entonces el otro lago de mi cámara, y unos días más tarde lo trasplanto a la nieve de Yukiguni, en medio de los calores del trópico. Para que alguien acerque su mano a la superficie:
