Me he despertado esta mañana justo antes del alba, como cuando era pequeño. Apenas una luz lechosa se colaba en las habitaciones y permitía guiar mis pasos por la casa. Recuerdo que, cuando iba al servicio entonces, una habitación larga y estrecha de techos altos, no era rara la vez que salían corriendo las cucarachas al encender la luz y yo conseguía aplastar alguna con el pie descalzo. Recuerdo también el contacto en los labios de la jarra fría de estaño que mi padre había guardado la noche anterior con agua en la nevera. Tenía que abrir la puerta con cuidado para no despertar al canario que dormía en su jaula. Al volver a la habitación me pegaba a la ventana, para esperar el espectáculo, impaciente. Tendría cinco años, seis años. Detrás de los techos grises de la fábrica, encajonada entre las casas, había una explanada en la que se alineaban una multitud de camiones rojos con depósitos cilíndricos donde destacaba con letras rojas la palabra CAMPSA. Había muy poca luz para distinguir sus perfiles, no recuerdo que hubiera farolas, pero sí el ruido que empezaba a elevarse y los faros de los camiones que iluminaban la rampa en su camino hacia el exterior, todos seguidos, como orugas en procesión. Me quedaba mirando hasta que se habían ido todos y sólo se oía el ruido de los pájaros. Me volvía entonces a la cama, a esperar un largo rato a que se levantara el resto de la familia.
Pocos años después, cuando los camiones ya no salían de allí, me acerqué a curiosear y encontré un automóvil antiguo, un citroën negro con sus faldones sobre los neumáticos y su capó abarquillado. No muy diferente del coche antiguo, éste sin ruedas y cristales, que yacía entre las hierbas (doradas y altas en mi memoria, debía de ser verano siempre) del solar junto al conservatorio, y al que me acercaba a jugar de cuando en cuando. Solo, sin nadie que me acompañara en mis exploraciones. Pero sin echar tampoco a nadie de menos, ¡el mundo tan interesante y tanto todavía por aprender y descubrir! Me sentí reconocido cuando leí posteriormente a Rilke. Einsam sein, wie man als Kind einsam war, als die Erwachsenen umhergingen, mit Dingen verflochten, "estar solo como cuando de niño estabas solo, mientras los mayores iban de un lado a otro, enredados en sus quehaceres."
Pero después que me miraste. No había pozo más profundo que tus ojos. Y ya no ha sido posible desde entonces volver a estar solo.