Iba subiendo por la cuesta del Licée Descartes, bajo la luz ferruginosa de las farolas de Rabat, en el barrio de Agdal, por calles que se quedan desiertas cuando cierran los comercios. De pronto, en una esquina convertida en vertedero, con los contendedores rebosantes, me frenó una aparición: un mandarino cargado de frutos refulgiendo contra el cielo pardo. El olor de los frutos arrasaba el hedor de la basura, ocupando el aire con un anticipo de frescor. Me quedé frente al árbol, dejándome convocar a otros días de ansias suspendidas, ofrecidas en la noche a la devoración. Exceso en vilo, tiempo perfumado porque no alcanzaban las manos a recoger la dádiva del cuerpo.
¡Qué distinto de hace tres inviernos, una mañana en Sevilla! Había escampado por fin la tormenta de viento y lluvia feroz y nos apresurábamos por las callejas del barrio de Santa Cruz. Al torcer una esquina que daba a una plazuela interior, nos detuvimos ante el suelo de tierra completamente cubierto de naranjas. No se oían pájaros en los árboles.
En la Biblia sefardí de Ferrara, traducida por Jerónimo de Vargas y Duarte Pinel, se dice en el Génesis que, tras plantar Adonai Dío "arbol cobdiçioso a la vista" y prohibirle a Adán y a Eva comer "de arbol del saber bien y mal", la serpiente le dijo a Eva "que sabe el Dío que en día de vuestro comer dél y abrir se han vuestros ojos y seredes como ángeles sabientes bien y mal. Y vido la muger que bueno el árbol para comer: y que deseó él para los ojos y cobdiciado el árbol para entender: y tomó de su fruto y comió y dio también a su marido con ella y comió. Y abriéronsse ojos de ambos ellos y supieron que desnudos ellos." Ángel de Frutos incluye una interrogación de una niña anónima en su último libro, Puentes en el desierto: ‘¿por qué Dios puso allí ese árbol y esa serpiente?’
El árbol prohibido es como un Argos que duerme, al que Eva devora uno de sus ojos. Tan rica en no-saber era la sombra del árbol del paraíso. Porque no habrá gozo si no está presente el temblor del descubrimiento. Ni conocimiento que dure más que el riesgo que tomas. Si quieres que se abran tus ojos elige un tiempo en peligro.
Eva y Adán no debieron cubrirse tras verse desnudos. Pero es mucho pedir cuando te ha abandonado ya el filo de la elección. Silvia Plath: "And seen my strangeness evaporate / blue dew from dangerous skin.".
En el centro del Séptimo Paraíso islámico o Jardín (Yannat al-na`im) crece el árbol Tubà, «árbol de la alegría y del deleite» según el Corán. El pie del árbol es de rubí; las ramas, de esmeralda; las hojas son de brocado; las flores, de oro, y sus frutos, «más blancos que la nieve», son como perlas. También así son algunos de los árboles que contempla Simbad el Marino en sus viajes. Y ecos suyos se encuentran asimismo, quizás, en el árbol de coral que describe el protagonista de la Hipnerotomachia Poliphilii, Venezia, Aldo Manuzio, 1499: "uno isolente arbusculo di cinabarissimo coralio, quale non sa trovarebbe alle Orchade insule", sobre un montículo de esmeralda, con "floruli aperti, deformati in pentaphylla rosa. Alcuni di praelucente saphyro & tali di illustrante hiacyntho, o vero berilo", y en el extremo de algunas ramas "monstruose perle".
Me producen tristeza esos árboles de mediodías minerales. Cuánto más afín ese ciruelo díscolo de Otomo no Sukuné Yakamochi, libro VIII del Man Yo Shu, la Antología de las diezmil hojas:
Desafiando la nieve
que ha caído hoy
en el jardín,
el ciruelo invernal
ha desplegado todas sus flores.