No sé cómo portarme mejor para que me cambien de grado. Llevo ya dos años arrastrando los cubos de ropa por los pasillos, quemándome las manos con la plancha a la primera de cambio, sin decir esta boca es mía, pero nada. Yo creo que es porque no tengo los ojos rasgados, ¡qué le voy a hacer!, soy un extranjero y ellos unos racistas de mierda. El cura que viene por aquí me dice que tenga paciencia, y que debo reconocer que estoy pagando mi daño a la sociedad, ¿tú oyes? sólo por haber quitado ese poco dinero de la caja para comprar aquel pañuelo que te gustaba, ¡siete años!, pero tampoco puedo decirle lo que pienso ni quejarme demasiado, porque ni siquiera con él me permiten hablar sin la presencia del traductor de la prisión, y el nuevo que han puesto sabe menos español que el anterior, y cuando digo algo que no entiende le hace una seña al guardia, que interrumpe la conversación y santas pascuas. Y yo creo además que el cura éste se chiva, ni confesión ni leches. Pero al menos es alguien con quien hablar.
Aunque ya no me importa tanto. Tú ya no vienes por aquí y has dejado de mandarme cartas, pero no creas que no lo comprendo. ¿Cómo no ibas a seguir con tu vida? Ya no me dejaban verte más que una vez al mes, y sólo veinte minutos en esa sala, con aquel cabrón traduciendo al japonés todo lo que nos decíamos. Pero lo que peor llevaba es eso de que sólo me permitieran escribir una carta al mes, dos hojas por las dos caras, y que te llegaba tres semanas más tarde llena de tachaduras. ¡Cuántas veces te he escrito nada más que en mi memoria! En esta ocasión he pedido papel, y te estoy poniendo algo que no te puedo mandar porque tenemos la obligación de parecer felices. Pero prefiero escribirte de verdad y destruir luego el papel en lugar de decirte las tonterías que ellos autorizan y que te alejan todavía más de mí.
Ayer por la noche, desde la ventana de la celda, veía cómo se reflejaba la luna en el edificio de oficinas. No se la veía, sólo a su brillo roto en la cristalera de enfrente, y me pareció que esos rasgos de luz formaban las letras de un alfabeto secreto con que me estabas escribiendo, y que yo no sabía leer, igual que los letreros de la prisión (¡cuántas veces me animaste a que aprendiera tu endemoniado idioma!). La luna se movía y el reflejo se alteraba, como si alguien tirara una piedra dentro de su agua, pero muy lentamente. Y yo quería leerte, sentía que me estabas diciendo de ese modo cosas que ya no te atreves a contar porque te da vergüenza, o porque me has olvidado. Pero yo sé que no me has olvidado. ¿Cómo iba yo si no a seguir queriéndote tanto? ¿Cómo iba yo si no a sentir tu presencia en la sombra, a veces por la noche, o de quién si no es esa mano invisible que, cuando estoy más cansado en el sótano, se posa detrás de mi cabeza, y me calma? Pero no tengas miedo, perdona todas las barbaridades que te escribí en mi última carta, ya no te exijo nada.
Tengo la piel de los dedos seca y agrietada del calor que hace en la lavandería, si ahora estuvieras delante de mí tendría miedo de tocarte para no rasparte. Y por más que me lave sigo oliendo a almidón en la piel. Pero no te preocupes, como te digo ya no espero que vuelvas conmigo. En serio, no quiero pensar en cuando salga de aquí, estoy mucho mejor desde que he renunciado al futuro. Puedo leer tu alfabeto de luna por la noche. Y puedo oírte cuando hablas dentro de mí, tan sola como yo, y entonces qué ganas me das de escribirte cosas, qué pena que no pueda mandarte esta carta, pero se acaba el papel y el tiempo, y tengo que romperla y comerme todas mis palabras.
