Puerto de Tánger. Sobre las aguas negras los colores que los egipcios gustaban de apagar dentro de sus tumbas: el azul lapislázuli y el oro.
Me ha llamado una antigua amiga. Con la misma voz risueña pero más densa. Como este pan de oro temblando sobre el agua, sobre la noche. Lujo machacado sobre la ausencia, sobre la pérdida. Como la lámina dorada que cubre los labios de algunos retratos de Al Fayum. Permanente, leve.
Luego en el barco, a solas en cubierta, como casi siempre. En camisa, no tengo frío. En medio de la noche sobrepasamos otro ferry derrochando luz, con todos sus pájaros pasajeros acurrucados entre los barrotes de las lámparas. No soy muy distinto, me cuesta no retirarme en seguida de la borda. Eso es lo que hacemos en esta cultura de atisbos: asomar la nariz, husmear la belleza y salir corriendo de su presencia para que no me cambie, y orgulloso.
Tú no te retirabas. Es lo que estoy aprendiendo yo ahora. Porque sólo en la pérdida va uno en el otro amante transformándose. Y me quedo contra la noche, y empiezo a bailar la luna, los ecos fríos de los barcos lejanos, el cielo herido de estrellas, el golpe insistente de las olas contra el pubis del barco. Bailo este paisaje que me sobrepasa, igual que una fiebre que sacude al cuerpo y, entre convulsiones, escapa por los poros.
Sé que este coito con la lejanía es un encuentro imperfecto, falso. Es un engaño, porque no me ofrezco totalmente a mis ausencias, no quiero, no sé. Pero tampoco puedo dejar de vivirlo. Y coloco entre las fauces de esa sed que reclama mi sed un cuerpo que es mi cuerpo y que al mismo tiempo no me pertenece. Sacrifico, sustituyo, niego, mimo el destrozo. Finjo con mis brazos la entrega de mi piel, mi pecho simula arqueándose que es despanzurrado. Sueño, deliro esas heridas.
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Los ideogramas japoneses de 無, mu, "vacío", "no", y 舞, bu, mai, "danza", comparten el mismo dibujo originario: un danzarín extendiendo sus brazos, con mangas exageradas y colgantes. Estas palabras son las mangas que prolongan los movimientos del cuerpo ya en otra parte.
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Recuerdo aquella chica que encontré en Oviedo, enferma de sida. Hace ya unos diez años. Se llamaba, ¿se llama? María. Me dijo: "He bailado con los pies descalzos".
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Pan de oro sobre las aguas. Pan de oro machacado sobre los labios perdidos, chispas de golpes sobre el vacío. Pan de oro tramposo, inútil, tierno aún, insuficiente, temblando en la noche.
