La carlinga del coche, aunque sea para ir de una casa a otra, obliga a una súbita intimidad, sobre todo si, como es mi caso, por la razón que sea, nunca has aprendido a conducir y puedes dedicarte a hablar con quien te ha tocado en suerte. Esta semana tuve la transparente fortuna de compartir asiento con José Manuel Navia, cuyas fotografías de interiores tanto cariño expresan por las cosas viejas. Hablamos de los escritores vinculados a León, y también de los pantanos que Juan Benet construyó sobre los pueblos de mucha gente.
Hace ya, más o menos, los mismos años que yo tenía entonces, en la carretera que salía de la Vecilla hacia León nos paró a Leticia y a mí el coche, frágil y resistente, de un matrimonio mayor. El hombre, espigado y agudo, resultó ser maestro, compañero de escuela de mi abuela, cuando ambos enseñaban en Vegamián antes de que el pantano del Porma cubriera ese pueblecito leonés. Allí había nacido su hijo, el escritor Julio Llamazares. No recuerdo lo que hablamos en aquel regreso, sólo el ardor en las manos y las mejillas, y el eco del agua fresca y alta que encontramos campo a través.
Por esos mismos tiempos, vaciaron el Pantano del Porma, y el cineasta Martín Sarmiento invitó a Julio Llamazares a descender al pueblo en ruinas, de noche, a recitar su poema "Fresas" en la casa donde había nacido. Había truchas pudriéndose por el suelo bajo la luna. Puede percibirse aún en la película, El Filandón, la emoción del escritor al leer allí sus versos:
Entre las truchas muertas y la herrumbre,
fresas.
Junto a las fábricas abandonadas, fresas.
Bajo la bóveda del cielo, muñecas
mutiladas y lágrimas románicas
y fresas.
Por todas partes, un sol de nata negra
y fresas, fresas, fresas.
Consumación de la leyenda: en los
glaciares, la venganza.
Y, en los espacios asimétricos del tiempo,
un relato de amor que la distancia niega
y ocas decapitadas sobrevolando mi
corazón.
Por todas partes, un sol de nata negra
y fresas, fresas, fresas...
"Ahora", me contó Navia, "no dejan piedra sobre piedra de los pueblos cuando hacen los pantanos. Para que la gente no vuelva cuando bajan las aguas".
Da igual. Uno nunca termina de alejarse. Como en la leyenda de Bécquer, sigue sonando una campana dentro del olvido. Hay una noche prometida, antes de la muerte. Hay un encuentro inmediato que tiene el poder de cualquier presente: cambiar lo que se sabe por lo que no se sabe.
fresas