Cruzando de nuevo de Tánger a Tarifa. Soplaba levante, y al llegar junto a la Isla de las Palomas, África parecía ya una montaña evanescente sobre la línea de nieve del horizonte. Escudriñé desde el ferry los alrededores del faro, pero no se veía a nadie entre las antiguas trincheras y los barracones. No sería la hora del paseo. Sólo los del pueblo saben que ahí está un "centro de detención administrativa" para emigrantes, una de esas cárceles fuera de las garantías procesales que se han inventado para la gente "sin papeles". Los de las islas Canarias carecen de teléfonos, horarios de visita o posibilidad de enviar y recibir correo, y este me imagino que será igual. En Francia no les dejan tener bolígrafos o lápices "por razones de seguridad" y me extrañaría que aquí fuera diferente. Sin poder escribir, sin poder anotar lo que ven los ojos del ánima cada día. Mudos forzosos, como los hombres en El planeta de los simios, animales cuyos gemidos y pasos no constan en las cuentas del mundo.

