Estoy en Salamanca. Esta noche he salido a recorrer las calles. Durante el día las casas parecen de pan duro, pero cuando cae la noche, bajo algunas farolas, las paredes se vuelven de miel. Miel seca bajo mis dedos, como la encontrada en algunas tumbas egipcias. Cristal esperando otra luz que lo deshaga.
Su otro nombre esta noche es miedo. Miedo dulce y opaco quebrándose bajo mis pasos, mientras camino entre la muchedumbre del festival. Todas las horas cubren el volcán de la ausencia. Pero esta noche, por arte de magia, he podido leer las grietas de anhelo que constantemente piso sin lastimarme. Unos pies casi descalzos se cruzaron con mi cámara, y al poco los perdí igual que en los sueños.
La próxima semana vuelvo a Marruecos, a encontrarme con los Adelantados. Yo voy de atrasado, ¿de qué otra manera puedo concebir si no este viaje? Una especie de Licenciado Vidriera a la inversa, caballero inexistente, cigarra que se hubiera olvidado de romper su muda. Me acuerdo de aquel retrato de S. Luis por el Greco en el Metropolitan: el cuerpo vigente sólo en la tela púrpura, adornando y desollándose. Torrente arrancado de su origen.
Entonces, ¿a cuento de qué remontar la colina del cementerio de las Oudayas? ¿Qué hachas quedaron sin su claro? Volveré a pasear por el bosque pétreo de la mezquita sin techo de la Tour Hassan, a ras del horizonte del océano. Volveré a cruzar la lluvia seca de las farolas de Rabat, volveré a manchar mis dedos de la medina azul. Pero no me mojaré, no me perderé.
Cuando la piel se vuelve armadura, la sangre delira otros cauces. Sólo dentro de la imposibilidad empieza uno a desnudarse.
En una de sus últimas cartas desde Madrid, Juan Vázquez decía que en sus novelas él no se ocupaba de recrear los ambientes de pobreza, al contrario que la mayor parte de sus compañeros de generación, señoritos madrileños o hijos de la burguesía catalana, porque él había nacido y vivido en la miseria. Jin Makabe (1907-1984), campesino e hijo de campesinos del norte, en Yamagata, tampoco cultivó la idealización rural de otros poetas japoneses del s. XX. En sus versos de la tierra sin gente se respira un aire brusco, como en este poema que traduje anoche:
Jin Makabe
Puerto de montaña
El puerto de montaña obliga a tomar decisiones.
En el puerto de montaña fluye la melancolía clara
de las separaciones.
Quien sube hasta el final del sendero
deja cernirse sobre su cuerpo el azul claro
para enseguida darle la espalda.
Ambos paisajes están aquí cosidos
pero sólo abandonando uno de ellos
puede entrarse en el otro.
Sólo a quien aguanta una gran pérdida
se le abre un mundo nuevo.
Al erguirse en el paso, uno mira
el camino de venida con añoranza,
el camino por romper con gozo.
El camino no da respuestas.
El camino sólo incita sin límites.
El cielo en la cumbre es dulce como el anhelo.
Aunque ya hayas decidido el rumbo
es aquí
donde has de dejar tu mundo atrás.
Para enterrar este pensamiento
el viajero echa lentamente una meada,
arranca ahora un manojo de hierbas,
da una calada después a un cigarrillo
y recoge en sus ojos los límites del paisaje.
En español se pierde inevitablemente el juego gráfico entre el primer caracter de “decisiones” 決定 y el de “separaciones” 訣別, que sólo cambian en su radical, de “agua” a “palabra” (決>訣), haciendo remontar al verso inicial la corriente del segundo verso. Difícil de traducir también sólo como "añoranza" la emoción del viajero respecto al camino de venida: 懐かしく, natsukashiku, que se aplica a los tiempos irrecuperables, pero cuyo caracter está compuesto de "emoción" y "manga del vestido", y que denota por tanto un sentimiento que uno esconde y guarda; Jin Makabe lo escribe fonéticamente, なつかしく, natsukashiku, evocando el sonido de natsu, 夏, el verano.
Vuelvo a pisar la nieve de Yukiguni porque, aunque no sé si a alguien le importa lo que escribo, necesito defenderme de todas las palabras muertas que pululan en el aire con unas pocas sílabas vivas. Esta mañana, de camino al aeropuerto, iba contemplando las lomas milenarias que rodean la carretera, pardas, cubiertas de luz a rachas, según los claros que iban dejando las manadas de nubes grises. Esa delgada luz de enero, sin fuerza apenas para poner sombras, tenía hoy la virtud de volver todo lo que tocaba más quebradizo: la tierra arada, los carrizos de la cuneta, los pelos rubios en las muñecas de mi conductora. Algunas obras de arte consiguen el mismo efecto: que en su presencia el mundo se vuelva delicado y a punto de romperse. Por eso los sábados solitarios en Nueva York lo primero que hacía era irme al Met: así después podía dejarme los ojos por las calles frondosas y desiertas, por las altas abadías, por los escaparates de raíces desnudas en la Tercera avenida. ¿Cómo soportar si no esta manera de pensar sin eros que hemos heredado? I quote: “How to construct minute by minute? To believe in something strongly enough that microscopic bridges are erected between seconds to hold the sistem up? Alone. With the belief. How?” “The removal of love for a minimum of eight hours a day. The trade of acts of love with no love. Genorosity accounted, body and soul divided. The reasons rationalised outside of the wish to give or not give, taken for granted.” La luz griega, excesiva como el canto de las cigarras, se había vuelto en aquellas latitudes, en esta época del año, un bien demasiado escaso. Las palabras cortaban como el viento tras la caída del sol, desangrando los cuerpos. Y por todas partes faltaba aquel mirto de las colinas de Paros que, según uno de los papiros de Arquíloco, no hay que dejar de atravesar: διέξ το μύρτον. Nueva York es una ciudad para haberse marchado de ella. Para nunca haber llegado a ella.
Macharaviaya parece nombre de pueblo de América, pero está en la Axarquía malagueña. Sus casas de sillares y calles empedradas hablan de la riqueza que trajo al lugar, desde el siglo XVI, la concesión de la "Real Fábrica de Naipes para promover los Estancos de Indias", y cuyas ventanas adornadas de ladrillo, como si fueran dorsos de cartas, todavía se conservan. Aquí nació el poeta modernista Salvador Rueda, "en mi casa pobre yo no servía más que para vagar a todas horas por los campos, pretendiendo descifrar los profundos misterios y las grandes maravillas, mi padre siempre me amparó por desgraciado y me tuvo un sitio en su corazón. Aprendí administración de las hormigas; música, oyendo los aguaceros". En sus versos trasmina la Macharaviaya de agosto: "Hora de fuego / Quietud, pereza, languidez, sosiego... / un sol desencajado el suelo dora". En una copla suya resuena también, acaso, un eco de los naipes que eran origen y razón del pueblo:
Jugara la vida gozando en perderla, si a las cartas les dieran su sombra tus pestañas negras.
Los naipes que salían de Macharaviaya corrían por las manos, sobre todo, de la gente que había cruzado la Mar Océano para hacerse rica y sólo se había hecho soldado, y tenía que entretener su espera constante. Porque en la guerra casi siempre, interminablemente, se mata el tiempo a falta de algo mejor. Se aguarda oír cómo pasan de largo los pasos de la muerte.
Uno de esos soldados jugadores protagoniza uno de los episodios más vivos de la Florida del Inca Garcilaso de la Vega, publicada el mismo año que el Quijote. Aquí he hecho una pequeña edición de los capítulos primero y segundo de su quinto libro, donde se narra la historia de Diego de Guzmán, que "se trataba en todo como Cavallero, sino que jugava apasionadissimamente". La superficie de la lupa se puede agrandar tirando con el ratón de la esquina inferior derecha, para cerrarla hay que pulsar en la x de la esquina superior derecha. Las páginas se pueden pasar tirando de las esquinas:
Al levantar el campo, el ejército echa en falta a un español, llamado Diego de Guzmán. "Hiçose gran pesquisa entre los Españoles; y súpose que el día antes le avian visto en el Real; y que quatro días antes avia jugado quanto tenía, hasta perder los vestidos, y las armas. Y un muy buen caballo morcillo que le avia quedado, y que pasando adelante en la pasión, y ceguera de su juego, avia perdido una India de su servicio, que por su desdicha le avia cabido en suerte, de las que el Governador prendió en la correría, que dijimos avia hecho en un pueblo desta misma Provincia de Naguatex; en la cual correría tambien se avia hallado el Diego de Guzman. Averiguose asimismo, que muy llanamente avia pagado todo lo que avia perdido, salvo a la India, y que habia dicho al ganador que le esperase quatro, o cinco días, que él se la enviaría a su posada; y que no se la avia enviado : y que la india faltaba juntamente con él". El gobernador, Hernando de Soto, cree que lo han capturado los indios, quienes argumentan que es el propio español el que quiere quedarse con ellos. Los españoles envían una carta al soldado para comprobarlo, dado que los indios no comprenden la escritura, y reciben por toda respuesta, escrito con carbón, su firma: "Diego de Guzman".
Como si les devolviera su nombre. O como si lo afirmara por una vez en su vida. Como si no hubiera lenguaje para traducir la deserción.
¿Para qué se juega? Se juega para perder. Una y otra vez. Nada tan confortable como el fracaso, mullido de tantas malas palabras recogidas y nuevas derrotas reconfortantes. Fascinado por los Snake Eyes de los dados a punto de detenerse, bajo la mirada impasible de los caballeros y reinas de papel ocultándose de mano en mano ¿dónde está la dama? Sting lo dice bien:
He deals the cards as a meditation And those he plays never suspect He doesn’t play for the money he wins He doesn’t play for the respect He deals the cards to find the answer The sacred geometry of chance The hidden law of probable outcome The numbers lead a dance
I know that the spades are the swords of a soldier I know that the clubs are weapons of war I know that diamonds mean money for this art But that’s not the shape of my heart
Argumenta el Inca Garcilaso sobre Diego de Guzmán que "este pobre Cavallero hizo esta flaqueça por la ceguera del juego y afición de la muger", "y por la vergüença de aver jugado las armas y el cavallo, que entre soldados se tiene por cosa vilísima", y realiza una disquisición sobre los peligros del juego. Cuando redacta estas palabras, este escritor mestizo, hijo de español y de ñusta peruana, está relatando sucesos acaecidos hacía más de medio siglo a partir de los recuerdos de uno de los supervivientes. También él, en tierra ajena, ha elegido la mudez de su primer lenguaje: por no tener «con quien hablar mi lengua general y materna, que es la general que se habla en todo el Perú... se me ha olvidado de tal manera... que no acierto ahora a concertar seis o siete palabras en oración para dar a entender lo que quiero decir» (La Florida, libro II, cap.vi). Se ha manchado las manos de sangre, suponemos, al frente de una
compañía en la Guerra de las Alpujarras, contra otros mestizos, los
moriscos. Ha tenido un hijo con una criada suya. Pero no puede dejar de expresar su perplejidad sobre el impulso de aquel español de "irse a los Indios".
Fabulo yo a mi vez. Las mujeres son botines en toda guerra, desde la Briseida de Aquiles a esta india apresada tres días antes. Diego de Guzmán sólo se da cuenta de quién es para él tras haberla entregado a la ceremonia del grupo. A cambio de miedo o esperanza, qué más da, son la misma nada antigua. Quizás el más hondo amor es el que una vez también ha ejercido la traición. "Antes de que cante el gallo me negarás tres veces". No hay lágrimas más negras. Ni posible olvido. No es posible perdonarse cuando el otro está indefenso, y se le daña, y ya no está aquí para reparar su herida ni recibir una palabra suya. Su mirada es un interrogante que te persigue hasta el final de tus días. A no ser que quien ha dañado resuelva traicionar a su vez a los dioses en cuyos altares sacrificó, y atravesarlos y reunirse con la víctima. Sólo así podria volver a abrirse el tiempo. Si no hay deserción, Orfeo es un farsante. Si no hay Eurídice es imposible la fuga.
Hoy han cancelado todos los barcos para cruzar el Estrecho. Al regresar por la carretera de la bahía, sólo se distinguía en la noche el farallón de al-Yazirat, la isla blanca de Gibraltar. Como un inmenso zigurat, erigido al borde del océano igual que en las llanuras de Babilonia: mojón de los dioses invisibles o escalera humana para usurparles su mirada de pájaros lejanos.
Ha sido una semana de curiosas coincidencias: un ministro poeta que ha escrito unos versos titulados "El cementerio de Babel"; un dramaturgo y ante todo poeta cuyo segundo apellido invoca la capital de Persia, y que viene de reestrenar una obra babilónica en España; y unos enfervorecidos actores marroquíes que pretenden instalar en Bagdad un cementerio de úteros maquinales que sustituya el despiece de los cuerpos.
Así que, cuando me topé con el último número de Abuse magazine y con esta imagen de Gian Paolo Tomasi, Assalto al Colosseo, asediado de helicópteros, no he podido menos de sentir que hay un aliento profético entre los vientos de este temporal que levanta los senos de los mares y alza diálogos antiguos en compañías frescas. Los pelamanillas culturales españoles tardarán en percibir los síntomas, pero yo, como la Casandra de Eurípides, no puedo dejar de recorrer "los caminos de palabras que me han sido concedidos": Fernando Arrabal será el único gran dramaturgo contemporáneo que los nuevos directores decidan montar sin esperar ayudas oficiales. Ya está ocurriendo.
Cuando llegué ayer al puerto de Tánger ya había caído el sol, pero la luz seguía demorándose en la colina de la medina antigua, completamente enrosada. En seguida el aire se volvió azul cobalto y envolvió de lejanía todas las cosas a mi alrededor, las arboledas de hierro de los barcos, las manos de la gente esperando, los muros, los ruidos. "Ya ha llegado el verano. Es ese light linger", pienso ahora mientras escribo. Ayer, en cambio, me acordaba de unos versos fragmentarios que llevaba en el bolsillo:
[...] fieras, pájaros y la degenerada estirpe de los mortales, carga de la tierra, meras imágenes forjadas, que nada de nada saben; ni darse cuenta de que un mal les acecha se les alcanza, ni evitar de lejos la desgracia, ni ante un bien a su alcance, dirigirse a él y disfrutarlo, ni para eso sirven, vanamente ignorantes y faltos de previsión.
Recoge estos versos Iohannes Malala, un viajero de principios del siglo VI que cita fuentes órficas a su paso por Bizancio, en plena disolución del mundo pagano. La traducción es de Alberto Bernabé, quien firma la edición de estos fragmentos deslumbrantes.
Ni ante un bien a su alcance, dirigirse a él y disfrutarlo.
*
En las tablillas de la matrona romana Apronenia Avitia apenas se hace alusión al saqueo de Roma primero por los cristianos y luego por los godos. "Voy al templo de Numa. Cortinillas de litera". Prefiere hablar en el siglo IV de las rarezas que enaltecen su vida. Traduzco: "Entre las cosas que son raras añadiría un libro bien enmendado. Un hombre que olvida la mirada de los otros hombres. Una pinza de depilar que depila. Contraventanas que no dejan entrar al día". Es el mismo estilo de Sei Shonagon en el Japón del siglo XI:
Crías de gorrión piando. Cruzar por delante de un lugar donde juegan niños pequeños. Acostarme a solas mientras arde un buen perfume.
Percatarme de que se ha empañado ligeramente un espejo de China.
Un hombre de calidad detiene su carruaje frente a mi puerta, y encarga que anuncien su llegada. Lavarme la cabeza, empolvarme y ponerme vestidos perfumados. En especial cuando estoy en un lugar donde nadie me ve, entonces mi corazón se alegra secretamente. La
noche en que estoy esperando a alguien, de repente me sobresalto: pasos de lluvia, resuello del viento.
*
En esas listas apenas tienen cabida los sucesos colectivos. De manera semejante, están ausentes de estas notas mías las horas "de números vestidas" que vierto y he vertido en mi trabajo. Son desoladoramente insignificantes. No tanto por el carácter efímero de lo que hago, cuanto por su naturaleza espectacular: subordinado a una mirada oficial que me enajena.
No es que mis proyectos nazcan ya impedidos por la retórica nacional, propagandística que los financia. El problema es el vínculo. El cordón de obediencia umbilical que alimenta mi psique, la disposición obsequiosa de mis esfuerzos a la satisfacción de los deseos de otros. Hijo-esclavo que sigue confundiendo la consistencia de sus acciones con la satisfacción emocional que produce la aprobación paterna. Obligando a la inteligencia de mi cuerpo a proporcionar placer ajeno, y gozar así vicariamente, ficticiamente, en un teatro donde aterroriza a los actores prescindir del público vacío.
Bolsa del petróleo en Nueva York. No importa qué día, qué año. Es el mismo constante sobreesfuerzo, alarido tarzánico reclamando en un mundo extraño una atención sin rostro. Al fondo de la imagen, a la izquierda, alguien está palpándose las manos, y me mira. "¿Y tú, qué vas a hacer?"