Parecía una procesión como otra cualquiera. Pero no llevaba fanfarria y la gente de las aceras no hablaba. "¿Qué cofradía es?" "La del Silencio".
A la luz de las farolas, la talla del Cristo no parecía de mala factura. La Virgen, en cambio, tenía el aspecto de un maniquí. El paso se había detenido y algunos cofrades aprovechaban para hacerse comentarios en voz baja. De pronto, a mi lado, una señora se separó de su marido, y apretando bajo su brazo el bolso de cuero rojo, se arrancó a cantar. Me costaba entenderla, porque rompía su voz en gemidos balbucientes, agotando el aire que le quedaba en los pulmones, hasta que volvía a recomenzar en medio de la mudez general. Se quejaba, cantaba, gimplaba de dolor, pero no era del suyo del que hablaba, sin poder terminar, sino del sufrimiento de esos muñecos a los que interpelaba y que, bruscamente, se habían convertido ante mí en un hombre torturado y una mujer sola.
Cuando terminó, se oyó a alguien de debajo del armatoste: "¡Olé, esta levantada va por ti!". Y el paso, tras los tres aldabonazos de rigor, se aupó a hombros invisibles. Mientras oscilaba, tres muchachas vestidas de auténticas pilinguis rozaron con su mano la madera lateral. "Las Magdalenas", pensé. Cuando me rebasó, me fijé en la gente silenciosa que seguían el paso: rostros de gente trabajada por la vida. Nadie parecía pendiente de la mirada de los demás.



