Paseando por las salas del Metropolitan, de repente me atrajo la atención un escudo, al fondo de la armería. Había creído reconocer el rostro de Cristo coronado de espinas, como motivo dorado sobre la plancha de acero; resultó ser, en cambio, una cabeza de Medusa. ¿Había tanta diferencia? Un rostro hermoso injustamente castigado —violado por Poseidón en el caso de Medusa, según cuenta Ovidio—, alrededor del cual emergen y se clavan falos numerosos, hirientes y amenazadores. Esa conjunción de daño y suavidad se da también en Homero, según rastreó Nicole Loraux. En la Ilíada el filo de la espada y la vulnerabilidad del cuerpo delicado se corresponden constantemente. Cuando Héctor amenaza a Áyax (XIII, 830), le dice que está esperándolo y que su gran lanza

Esta cabeza de Medusa que pude ver en las cisternas de Estambul, boca abajo, sosteniendo el vacío de las bóvedas acuáticas, probablemente ya había sido separada de su cuerpo por Perseo. Dice el mito que quien miraba a Medusa de frente quedaba transformado en piedra, y que Perseo sólo pudo vencerla y decapitarla tras contemplar su reflejo en el espejo. En realidad, Perseo quedó también contaminado. Hesíodo, al describir su fuga de las otras gorgonas, lo califica de 'απήωρος, inalcanzable ('απήωρευντ, Escudo de Heracles, 234, "unapproachable", en la traducción de Richmond Lattimore). ¿Y qué era Medusa, como cualquier víctima de una violación, sino una criatura a la que nadie puede aproximarse? "Uno no es de piedra", se dice en español para referirse al surgimiento de un brusco deseo sexual. "Tiene el corazón de piedra", se dice de la persona sin sentimientos. Medusa, esta Medusa de mármol que aguanta sumergida todo el peso del ser, sigue rota de su cuerpo y de sus emociones.
"La lámpara del cuerpo es el ojo: así que, si tu ojo fuere sincero, todo tu cuerpo será luminoso. Mas si tu ojo fuere malo, todo tu cuerpo será tenebroso. Así que, si la lumbre que en ti hay son tinieblas, ¿cuántas serán las mismas tinieblas?" (Mateo, 6, 22-23. Traducción de Casiodoro de Reyna). Los iconoclastas eran bien conscientes de cuán adentro llega la luz ajena dentro de cada uno. Y que cuando esa luz no tiene anclaje en el tiempo, como sucede con los fantasmas íntimos de la violencia o con cualquier imagen —imago, la máscara mortuoria de los romanos—, todo el yo queda afectado de parálisis. Lo que Medusa padecía y contagiaba era su tetraplejia del alma, ese yo de máquina que antes sólo se pedía para el ejército y ahora nos piden a todos para el trabajo. Un yo sin deseos de corazón, un yo degollado e inaccesible.
Yo me he dejado arrastrar también a esa posición impertérrita, una soledad sin uno mismo en la que, aunque haya muchísima actividad alrededor, los afectos están quietos como el hielo. No hay voz allí, y tampoco silencio. Reina un viento de culpa difusa, los ojos sólo se fijan en lo cercano, sin llegar —como el Kay de La reina de las nieves— a recordar el propio nombre y derretir el cristal de adentro.
Hacia los demás, el rostro se hace máscara: así lo ha sabido plasmar José Antonio Cordero en su montaje de Misunderstandings, al que corresponde esta fotografía. Pero la luz de dentro quiere salir, y se agita y se retuerce alrededor de la cara, crines como látigos de oro, medusa flotando sola en la noche.
Estas líneas son también serpientes con boca. Meciéndose sin tiempo mío ya en la pantalla del ordenador, en tu ahora quienquiera que me estás leyendo. Medusa quiere ser mirada.
