En un jardín borgiano ―donde los senderos se bifurcaban como lenguas de serpiente―, dentro de la ciudad roja de Marrakech, tuve una curiosa conversación sobre la crueldad, a propósito de las tranquilas carpas que se deslizaban dentro de la carne traslúcida de uno de los estanques. Yo no podía dejar de verlas como un enjambre de bocas enjoyadas, dispuestas a reducir una mano descuidada a un racimo de huesos. A Didier, médico de mirada sin fronteras, le sorprendía esa violencia imaginante. “Quizás”, arguía yo, “porque tú tienes tu ración de crueldad cotidiana, laboral”.
La conexión entre la delicadeza lujosa de las
carpas y la crueldad no era sólo mía. Al volver a casa, recordé la carpa dorada
que había fotografiado en la armería del Met en Nueva York, emergiendo
de la empuñadora de
una 脇差, wakizashi, la espada corta de los samurais
que habían de usar en su propio vientre si se veían compelidos al 切腹, seppuku. Y sobre la crueldad encontré el poema 3.403 de la edición
francesa del 万葉集, Man.yôshû, la Recopilación de las Diez
mil Hojas de mediados del siglo VIII:
Ma peine d’amour
en cet instant m’est cruelle
et jusques au fond
de l’avenir lointain tel le fond
du val de Tago cruelle sera.
Crueldad y profundidad coinciden, el fondo del futuro y de la herida son el mismo: el temblor más ignorante del río rojo de mi carne.
Pero ni la hoja rota dentro del cuerpo, ni la carpa incrustada dentro del agua soportan permanecer en un espacio impuesto. Su sed en erección se exaspera en un tiempo estancado, y las vuelve columnas desertoras, tocones que abjuran de su ramaje perdido y quieren brotar en otro aire de un modo que no saben. La sete natural che mai non sazia (Dante, Purg., XXI,1). Sed hecha de herida y olvido, macerada a partir del anhelo inútil que alguien, como esquirla de su temporada, ha dejado clavado en mi carne, y me gangrena y amputa las manos y me cercena la lengua: como a una carpa muda. Como la Lavinia shakesperiana que Marco Andrónico encuentra en el bosque seeking to hide herself, as doth the deer / That hath received some unrecuring wound. Pero yo me arranco la herida incurable y la doy la vuelta del revés, como un calcetín: ansia inesauribile, que me hace ―como a cualquier carpa― saltar fuera de mi elemento para caer con un nuevo chapuzón.
Esa imagen me vuelve a instalar a bordo de un bote desgastado, una tarde de verano fuera ya del tiempo, remando por el Pisuerga. Vuelvo a sentir las palmas de mis manos escocidas, ablandándose por el sudor al contacto con la madera áspera, y la tensión en mis brazos, empujando el agua con la energía que me daba la presencia gozosa, quien, como en un sueño, está a ligera distancia, con su camisa de cal y su pelo fino reflejando el sol, aún caliente e intenso a pesar de que está a punto de ponerse. Los sonidos tienen más nitidez que los rasgos de la cara: risas teñidas del timbre cobrizo de su voz, y los chasquidos que hacen las carpas longevas, inmensas, al saltar fuera del agua. Por más rápido que me volviera entonces, sólo veía la salpicadura cerrándose y unas arrugas desapareciendo en la piel honda del río. Y ahora que quiero mirar de frente a aquella presencia de aquellos veranos sin fin me pasa lo mismo: siempre es un momento más tarde, justo después de sentir que ha hundido su cuerpo dentro de mí, y queda sólo un hachazo de espuma. Ausencia tan reciente.
Harunobu representó, en una
enigmática 浮世絵, ukiyoe,
“pintura del mundo flotante”, ese poder de rebeldía aérea de la carpa, a la vez
alzamiento y Aufhebung. Vehículo volador de los dioses en la tradición china, en esta ocasión ha acogido en su lomo a una cortesana, cuya serenidad y ensimismamiento mientras lee ―¿una carta?― contrasta con la marejada sexual que la rodea. Palabras vibrantes sobre una hoja tersa e imperturbable como la piel de su cuello, como la nieve sobre agujas de pino que adorna su kimono oscuro. El motivo del manto rojo que la cubre, en cambio, tiene más que ver con la bestia que tan delicadamente la conduce por un espacio que no es el suyo: brotes dorados de helecho a punto de desenvolver su fronda. El cuerpo de la carpa que lleva a esta amazona silenciosa tiene los mismos colores que su cabellera y que el peine que la traba e impide su desorden. ¿A qué historia alude la estampa? No lo sé, no me importa. Ambos están en un tiempo propio que sólo a ellos pertenece. Un presente frágil que podría rasgarse como el papel y abrirse desastrosamente para la cortesana, si la carpa se hunde en la crueldad sin fondo. Pero ella no se cuida, como si supiera que hay un ímpetu en ambos que todo lo sostiene.