El domingo pasado volví a Rabat más temprano de lo acostumbrado. A media tarde abría la puerta de mi casa, y a los dos minutos ya estaba fuera brujuleando entre las columnas sin florecer de la antigua mezquita de Hassan, al aire libre. Siempre que paseo por esa explanada me parece como si andara por el fondo del mar. Parece tan grande el aire. No esperé esta ocasión que me echaran a la puesta de sol y bajé hacia la desembocadura del Bouregreg. Debía de estar lloviendo a lo lejos, porque al final del agua se veía un inmenso farallón de nubes. No sabía qué hacer con mi emoción, y me metí por las calles de la Medina para enredarme en su sabanar de tapiales azules.
A la mañana siguiente, una amiga canaria me dijo al teléfono, como quien no quiere la cosa, que era su cumpleaños. Y así como mis sueños usan los jirones de mis sentidos, me vinieron juntos al colgar el teléfono el atardecer del día anterior y antiguas conversaciones sin final:
Buscan mis ojos
las islas de donde vienes.
La tormenta lejana
alza en el horizonte
una alcazaba de lilas.
Tras salir del trabajo me he ido a cenar a uno de los pocos restaurantes donde sirven vino sin que deje de ser popular. ¡Qué diferencia con Grecia! Me estoy acordando estos días tanto de mi estancia en Atenas. Esta mañana me encontré, entre los papeles que estoy ordenando, el texto del Werther / sombra que Fernando Renjifo montó junto al Keramikós durante mi estancia allí. Hay estrofas que suenan espléndidas en griego:
Δε μπορώ να περάσω
από εκείνες τις γωνίες ούτε μπροστά
από εκείνα τα καφενεία. Δεν
μπορώ να ακούω αυτό το τργούδι,
ούτε να ανοίξω εκείνα τα βιβλία
"Ni abrir aquellos libros". Esta noche, enfrente de mi mesa, estaban sentados otros tres solitarios de distintas edades. Pensé con un estremecimiento que yo podía haber sido, ser ahora cualquiera de ellos. Y no haber vivido entonces a quienes he vivido. "Yo no me puedo desprender de nadie", le decía a través del mar a mi amiga canaria.
Al enfilar la calle en obras de camino a casa, me asaltó el perfume de una jazminera. No se veían las flores en ninguna parte, latía seguramente detrás de la tapia. Cuando otras veces subía la colina del Licabetos, en Atenas, de regreso, rara era la noche de verano que no recogía del seto jazmines calientes, sólo para perderlos bajo la ropa.
¡Nueva York, Nueva York! No te conoce quien te alaba.
No sé si hay quien cruce los silencios de sal que, a veces, se tienden entre entrada y entrada mías, sin que yo sepa muy bien por qué. Ni siquiera he replicado en sazón a mi reciente invitado a esta página, Itsumin. Su crótalo de barcas ancladas, la nieve distante que él amplifica, el arrabal inhóspito por el que se interna en mi compañía, me incitan a proseguir su historia y tratar, como él, de que se oiga correr el agua y que su murmullo, plus profond qu'ailleurs, se pierda en el sitio de quien está leyendo.
Pero esta noche no me siento con fuerzas. Prefiero que conste el golpetazo de agua contra el suelo que sobrevive en el registro de interrogatorios a acusados de judaísmo del Tribunal de la Inquisición de Sigüenza. Transcribo la declaración de Catalina Rodríguez, vecina de Alentisque, junio de 1501:
"confesó que lavó algunos defuntos e les vistió camisas limpias e les ponía una candela y una blanca en la mano derecha, y derramó el agua de sus cántaros cada vez que alguno de sus fijos falleçió"
Y otra de la misma fecha: "María, fija de Guadalajara, vesyna de Alentisque, dixo que puede aver dos años que oyera desir a las fijas de Juan Sancho, vesyno del dicho lugar, que su padre Juan de Sancho, quando morían algunas personas en aquel lugar, los fasýa e mandava derramar el agua de los cántaros".