No escribo en Yukiguni desde hace semanas porque cuando quería poner en seguida lo que me había pasado, no acababa de cuajar la nieve, y para eso prefiero no poner nada. Quiero que quien se asoma aquí de vez en cuando y lee estas anotaciones pueda sentir que está atravesando una cortinilla, como los 暖簾, noren, que cuelgan a la entrada de los negocios japoneses. Como cuando yo de pequeño iba a entrar en alguna pescadería de las que había en León. En lugar de puerta, tenían una cascada de tubos de plástico engarzados con mallas de metal, que había que cruzar como quien se mete en la lluvia, y así sonaba verdaderamente a tus espaldas, como un chaparrón menudo y brevísimo.
No es que pretenda insinuar que las moscas no son bien recibidas en esta estancia. Diminutos y temerarios seres, que huelen con sus manos y se pasan rezando la mayor parte del tiempo. Ni tampoco que, ajustándome el mandil a rayas verdinegras, vaya a ponerme aquí a sacar los fantasmas que nadan por dentro del agua de mis días, y a acostarlos sobre el hielo, y dejar secarse la rosa de sus agallas, con su armadura delicada, con los ojos abiertos.
Están demasiado dentro y sólo suben a la superficie, como el rey de los arenques, de noche, en mis sueños. "La naturaleza gusta de esconderse", escribía Heráclito, o —si traduzco literalmente Φύσις κρύπτεσθαι φιλεί, φύσις < φύω— "lo que brota gusta de esconderse". Sólo los veo a medias, intactos, a través de espejos con vaho y en aguas turbias, mudos, incesantes, haunting me.
Y cuando parecía que uno ya no iba a escribir, porque las páginas no palpitaban como estanques, y las fechas parecían tan firmes, y la vida le iba dando a uno placeres someros que despreciaba en otro tiempo, ha bastado que repose un poco este presente de verano, para que, igual que la telilla sobre la leche caliente, se forme encima de algunos de los sitios donde estuve, de las cosas que ví, una piel de otro cuerpo, un párpado de otros ojos.
Botones de eucaliptos en los bosques olorosos de Berbes, iguales que los que recogí otro año en Oyambre, desprendidos para siempre de sus ojales, y las hierbas doradas de Valdorria que seguían creciendo en la pradera del Parque Escondido, Hyde Park, que estuve cruzando durante una semana. Y esa higuera altísima asomando desde dentro de la casa derrumbada de la medina, a mi vuelta a Rabat, tan desnuda como las higueras de Meteora. Tenían razón los primeros constructores de jardines: mapas en relieve de un paisaje real, distante, con el que comparten las estaciones de los años y las horas del día y de la noche.



