Nunca llegue a Nueva York. Por eso no he sentido nada cuando la he dejado, y sus horas se están evaporando de mi piel como gotas de agua tras salir de una piscina.
Apenas conservo imágenes en mi interior, sólo las brasas de ciertos lugares donde mi ser tocó fondo. Pozos de culpa: esas son “las cavernas del sentido” de las que hablaba Juan de la Cruz, porque el eros no oculta ni se esconde. El anhelo impone transparencia y junta regiones lejanísimas en un mismo presente, como un meridiano de energía que cose pies y corazón, arroyos y estrellas.
¿De qué estoy hablando? ¿De quién estoy hablando? Hablo de la compañía que algunas veces hacía —que hace: no hay pasado en el espíritu— brotar los argumentos dentro del aliento. Porque a solas, o con otros cualesquiera, uno está quieto, paralizado. Enajenado de su hambre. Como el personaje de Chamisso, he perdido mi sombra.
Manhattan era una babel de vidrios que no reflejaban, y hacía sentirse pobres a todos sus habitantes, porque “a nossa única riqueza é ver”, como anotaba Alberto Caeiro, el heterónimo de Pessoa. He intercambiado bruscamente aquellas torres de espejos por estos surtidores de sombra, fotografiados hace un rato, cuando destellaba el último azul y más gritaban los vencejos. En ese momento las palmeras parecían enormes crisantemos de metal oxidado, como si los paraguas baratos destrozados por el viento en Nueva York, y abandonados como cadáveres, resucitaran aquí de repente, ya no para proteger a n’importe qui del agua, sino para abrirse más completamente, en vano, esta tarde preciosa.
Tan preciosa ahora sólo porque no la quiero, porque mis palabras la están atravesando para llegar a ese lugar tuyo donde me estás leyendo. Baudelaire dijo aquello de «hypocrite lecteur, mon semblable, mon frère». Podría haber dicho : mon assemblable, mon ancêtre. Porque te reúnes y me construyes, porque de ti descienden los torrentes de mi sangre.
Sí, aunque esta ciudad del norte de África tiene también suelos de alquitrán, no obstante la gente no va a ninguna parte: está, simplemente. Nadie es aquí dueño de su tiempo.
Miro fuera de la habitación del hotel. Es ya de noche cerrada. Sigo oyendo en mi cabeza los chillidos de los vencejos sendientos. Siento en sus bocas mis deseos invisibles.