El libro que había decidido leer en ese viaje descansaba en mis rodillas. La conversación estaba resultando demasiado interesante como para enfrascarme en el no-tiempo de la lectura. El sol ya se había puesto y, aunque todavía quedaba luz fuera, la ventana del compartimento del tren nos reflejaba a los tres como un curioso escenario paralelo al que sólo yo prestaba atención.
-Yo es que ya no sé lo que soy. Marroquí, o española, o musulmana o cristiana o judía. Fui a un colegio de monjas, mi madre era judía sefardita y estoy casada con un marido musulmán. Y hay aspectos del Islam que no me gustan. Como el reparto de la herencia a las mujeres.
En el cristal podía observar los movimientos de su hija, que abría la boca como si hablara debajo del agua, con los cascos musicales puestos.
-¡Mamá, cállate! ¡Shhh! -Y ponía una cara exageradamente seria.
-Shhhh! - Y mi interlocutora la respondía con un resto burlón, y mohines como si ella también fuera una niña de dieciocho años.
-¿Sabes lo que me dijo una vez el director de una escuela? Que la encerrara en una habitación y que le llevara un plato de vez en cuando. Y que a ver si no iba a contagiar al resto de los niños. Usted no es un pedagogo, le dije. Usted no va a conseguir verme llorar. Usted es un ignorante.
Su rostro se contrajo levemente, para luego volver a recuperar la cara alegre, con frescura de niña a pesar de sus años, que en las personas gordas son más difíciles de calcular. Me fijé en que sus manos llevaban numerosos anillos de distintos tamaños, de aspecto antiguo.
-Yo no tuve hermanas, y eso es muy duro para una mujer. Ahora mi hija es mi hermana. Y bueno, es lo que Dios me ha dado. Si es que existe.
Era la primera persona que oía en Marruecos expresar, aunque fuera de pasada, una duda religiosa. Me había contado antes cómo su abuela paterna, hija de militar español en Marruecos, se había casado con un capitán marroquí de Regulares, que le había dicho al padre de la novia, cuando fue a pedirle la mano: "Yo no pido que se convierta al Islam, puede seguir siendo cristiana, me basta que mis hijos sean musulmanes." Aquella boda fue la comidilla de aquella ciudad española del norte de África. Su abuela le había enseñado un recorte de periódico, toda orgullosa, en el que se mencionaba que el rey Alfonso XIII había recibido a su marido y le había otorgado una condecoración. Posteriormente ese recorte se había perdido y mi interlocutora se había presentado un día en la Hemeroteca Nacional a buscarlo.
-El chico que estaba allí era bien amable. "¿No sabe usted el año o el periódico?" Pero no me acordaba. Debía de ser antes de la proclamación de la República, el año 30 o así.
Me vino a las mientes una imagen de mi última visita en la Hemeroteca Nacional. Aquellos fardos de papel amarillento descomponiéndose en el suelo, como muebles fragilísimos. Naturalmente el recorte no apareció, pero ella seguía empeñada en buscarlo. ¡Qué absurda necesidad de las palabras de otros para sostener nuestros afectos! O tal vez era para calmar la mirada de la abuela desaparecida, mirada sobre aquel trozo de papel desaparecido. Quizás, más que ninguna otra cosa, heredamos miradas.
-Mi abuela fue la que me crió. Mi madre no soportaba vivir aquí y se fue.
-¿Y qué hacía la familia de tu abuela española en Marruecos?
-Pues habían venido para acompañar a un hijo que tenían al que le tocó hacer la mili en Tánger. Tenían negocio en Sevilla, vendían telas. Y cuando lo llamaron a filas, allá que se fueron a Tánger, a montar allí el negocio. Y cuando después lo trasladaron a Larache, abandonaron Tánger y abrieron tienda en la nueva ciudad.
En ese momento, tocaron la puerta del compartimento. Era el carrito con las bebidas. Y en un árabe sumamente musical mi nueva amiga le pidió una botellita de agua, después de preguntarme a mí en su español impecable si quería algo. Después de pagar, se detuvo un momento mientras guardaba la cartera, como si dudara, y la abrió para enseñarme una foto.
-Esta es mi madre conmigo.
Era una foto sepia, que parecía de principios del siglo XX, aunque ciertamente tenía que ser posterior. La madre estaba sentada ante un fondo de estudio, tocada con un pañuelo con monedas, con una niña pequeña en el regazo, y reía como si, a pesar de tener que mantener una pose, no hubiera un fotógrafo delante. Al mismo tiempo parecía muy lejana.
No contó nada más de su madre, ni yo me atreví a volver a preguntarle durante todo el trayecto. Con el tiempo he aprendido a respetar esos pozos en la conversación, y si a veces la gente gusta de hablar conmigo quizás es porque notan el cuidado con que les escucho. Lo único que me mencionó, como de pasada, es que había aprendido a cocinar de ella cuando era adolescente, y me dio la receta de la adafina que ella preparaba. La adafina es el plato judío que en España se "cristianizó" añadiéndole chorizo y tocino, el "cocido", y que los sefarditas expulsados se han ido transmitiendo de generación en generación. Esos gestos y ritos materiales han sobrevivido más que las palabras.
ADAFINA DE LA NOVIA JUDÍA
Ingredientes (para 3 personas):
- Garbanzos (a remojo desde la noche anterior en agua templada
- Patatas medianas peladas
- Cebolla mediana entera
- 7 ajos grandes pelados y aplastados
- 4 huevos enteros crudos con cáscara, lavados
- Un buen trozo de carne de ternera con hebra contigua a un hueso con tuétano
- Cucharada de sal, cucharada de pimienta, cucharada de jengibre molido, cucharada de canela molida y cucharadita de curri
- 2 hebras de azafrán
- Aceite oliva virgen(un vaso de té marroquí)
Modo de preparación:
Se echar el aceite en la cazuela, a continuación los garbanzos, y el resto de los ingredientes. Se cubren con agua y se pone a hervir. Cuando hierve, se tapa la cazuela y se deja hirviendo a fuego medio hasta que se consume casi toda el agua y los garbanzos están hechos (15-20 minutos en olla rápida).
Si cuando se destape queda demasiada agua, se deja hervir con la olla destapada hasta que se espesa el caldo. Cuando ya esta, se sacan los cuatro huevos, se pelan cuidadosamente (estarán marrones del caldo) y se vuelven a introducir en la olla con el fuego encendido durante un minuto para que cojan sabor.
Se sirve todo junto en una fuente, disponiendo los huevos en los extremos para que cada comensal coja el suyo y se lo ponga en el plato.



