Las olas golpean con estruendo los acantilados a ras de mar. Voy pisando con cuidado sobre la roca mordida, mientras me acerco a las hogueras de espuma. Hemos aparcado hace ya un trecho, pero mis ojos no se acostumbran todavía a la oscuridad de esta noche sin luna. Driss, que me enseñó este escenario en compañía de Hassan el saharaui, una noche al poco de mi llegada a Marruecos, ha querido despedirse volviéndome a traer aquí. Cerca del agua aparecen un par de sillas y una mesa de plástico blanco, brillando en medio de ese paisaje lunar, y volviéndolo una mezcla de Caspar David Friedrich y Giorgio de Chirico. Azar y destino. Nos sentamos. Durante estos años le he tratado de ciento en viento, pero la dosis de olvidos y entusiasmos renovados alcanza para escuchar callados el estruendo de las olas. Durante un largo rato. No lo suficiente, el océano no deja, obliga a levantarse, a acercarse a las frondas de espuma, a gritar con ellas y empaparme la ropa y las gafas. Cuando llega el miedo, y retrocedemos, desandamos nuestros pasos y volvemos hacia el coche. Driss puso una música que yo ya no oía, no recuerdo la conversación que tuvimos hasta que me dejó en Chek Postó, al lado de mi casa.
Han pasado ya unos cuantos días desde que dejé Rabat. De manera no muy distinta a como me marché de Nueva York. O de Atenas. No son las calles, no son los jazmines, los ginkos, las palmeras. Ni los cafeníos, the cofee shops, las teterías. No es la Acrópolis contaminando de mármol la luna llena, no son los espejos de obsidiana de Park Avenue, no es el Bouregreg deshaciéndose de milenios bajo las excavadoras. Los lugares que echo de menos son otros: son los que aparecen, envolventes, dentro de mis sueños, para perderte y para encontrarte. Con tus brazos de Shiva numerosos, con tus máscaras, con tus labios inconfundibles, con mi desvarío.
Esos lugares, sobre la Tierra, son lugares inhabitables. Unheimlich. Inhóspitos y absolutamente familiares. Han sido tocados por la traición y por la entrega. Y encierran después una promesa temible. Que no deja de llamar.
¿Cuál es el catálogo de lugares verdaderos de cada vida? Esos lugares de los que cada uno se acuerda a lo largo de los años pero que evita traspasar de nuevo.
Vuelvo caminando esta noche, con cuidado, sobre las rocas de Temara. Estoy lejos de allí, pero no importa, estoy soñando en compañía de ti que me estás leyendo. Dame la mano, no te vayas a torcer un tobillo. Ya se oye el estruendo, pero no dejes de mirar dónde pones los pies. Ahí siguen la mesa y las dos sillas, parece mentira que no se las hayan llevado todavía las olas. Siéntate conmigo. En este cielo de otoño cómo brilla Sirrah, ahí donde te estoy señalando, en la constelación de Andrómeda. Yo no tengo frío, puedes coger mi tabardo si quieres. Tenemos toda la noche. Y mañana, a lo mejor. ¿O es que no te has hartado ya de saber lo que te espera? ¿Te gustaría volver a no saber qué hacer, no saber por dónde ir? Pero está bien, me callo. Te toca hablar a ti, o callar si prefieres, mientras se levantan y hunden bosques de nieve alrededor.

