Miré su mano, agarrando el bolígrafo con torpeza para escribirme su nombre y un número de teléfono. Tenía 22 años, me dijo, y unos dedos con el mismo brillo oscuro de los dátiles que nos habían repartido en la cena del avión. Ocultaba su pelo con un pañuelo de lana amarillo que la volvía la versión africana de La joven de la perla de Vermeer. Estaba contenta de haberse podido lavar en el aeropuerto de Madrid, después de esperar dos días en el aeropuerto de la Habana, sin poder entrar en Cuba porque no tenía suficiente argent de poche. Sus vacaciones soñadas, después de darle la lata a su padre durante meses, y mediante el concurso de un funcionario amable de la Embajada de Cuba en Konakri, se habían reducido a una sucesión de tránsitos entre aeropuertos. Mientras hablaba conmigo, con un asiento vacío por en medio, me tomaba a ratos la muñeca o me rozaba el brazo, suave, rápidamente, como quien prueba la temperatura del baño. No, no podía ayudarla a viajar a España, le dije. Porque no quería. Porque así lo había decidido cuando llegué a África. Sus facciones eran redondas y suaves, como las de los bustos de bronce de Benin, y en medio destacaban unos ojos vivísimos. Ojos de niño callejero, por más que estuviera envuelta en telas de mujer elegante. Sostuve mi postura con argumentos que entonces me parecían muy razonables, y cambiamos de conversación. Me habló de un hombre que la decía que tuviera paciencia, que acabaría por quererle. Me habló de otro del que se había enamorado y que la trató mal, y que se había acabado casando con otra mujer. Me mencionó a su madre, muerta hacía cuatro años.
Cuando el avión aterrizó, ella no se levantó. Me ofreció la mano, y fui yo esta vez el que la retuve. Percibí un dejo de tristeza en sus labios, o simplemente es que había mermado el brillo en sus ojos, y por eso notaba ahora sus ojeras. No recuerdo las últimas palabras corteses, vacías, que nos dijimos. Luego, más tarde, repantingado en la penumbra de cuero del grand taxi, me sentía aún empapado de su decepción. Absurdamente, pensé. Por la ventanilla abierta a la noche entraba el olor a brea de la carretera recién asfaltada. Cruzaba la llanura desierta de Mohammedia y la tierra entera parecía cubierta de alquitrán. "¿Por qué no quieres ayudarme?", seguía oyendo en mis oídos. El taxi adelantaba como una exhalación a los camiones marroquíes, envueltos en su pedrería de luces rojas, amarillas, verdes, como si se hubieran descolgado de la caravana de un circo. La profecía de Toni Negri y Michael Hardt, que las personas irrumpirán en los canales abiertos por el tráfico de mercancías, y que nadie podrá parar su corriente en el siglo XXI, ya no me parecía tan segura. Argelia, leía hace poco, había cambiado su legislación para penar como delito el intento de abandonar su territorio. "Vas-tu m'appeller?" "Peut-être". El silencio que siguió, el gesto retenido de la despedida, quizás fueron ésos los únicos momentos en que estuvimos cerca.


