El tren llega a la ciudad en la que vivo atravesando un túnel, ya proceda del sur o del norte. Hoy vengo de Casablanca, y mientras el vagón aminora su marcha se me mezclan dos novelas de Kawabata, El país de nieve y La danzarina de Izu, cuyo protagonista siente un cambio de mundo al salir del Kyu Amagi tonneru, el "túnel del antiguo castillo del cielo", al cruzar este paso a Yugano en Kawazu, en el norte de Japón.
He venido leyendo Ville Amalia, una novela de Pascal Quignard que habla de cambio de vida, de abandono, de soledad elegida y de búsqueda. Donde se mencionan los versos de Catherine Philips a los que puso música Henry Purcell:
Oh Solitude!, my sweetest choice
Places devoted to the night,
Remote from tumult, and from noise,
How you my restless thoughts delight!


Recuerdo lo que me impresionó el comentario de Max Frisch sobre su personaje Stiller: que nunca había estado solo, verdaderamente solo. Eso era hace años. Ahora me encuentro sin poderme despegar de la piel la soledad de Nueva York, y al mismo tiempo atrapado dentro de la chimenea de mi anhelo.
Pero apenas me queda tiempo y energía para leer con mis sentidos. Y apenas quien chapotee por aquí cerca en su pozo. De mi viaje a Casablanca me quedo con esta fotografía del torso de una bombona de gas abandonada en una sala en desguace. Piel azul tiburón cruzada de rozaduras y golpes, agua constante que sostiene la luz inútilmente, delicadamente sobre su carne vacía.
Estos días me estoy acordando de mi infancia en León. No he cambiado tanto. Corriendo a todas partes. Queriendo complacer a todo el mundo. Y apartándome para mirar a solas.
De pequeño me encantaba que me llevaran a Asturias, sólo por el inmenso placer de atravesar los túneles numerosos. Quiero dejar ya esta luz fluorescente de horario de nadie, estos días castrenses. Y sobre todo quiero dejar de esperar nuevos partos hacia la luz, otra perpetua nativity of Time.
Quizás descubriré que estoy seco. Pero sé que no es así. Es sólo que esta vida absurda que llevo no me deja que se abran todos los ojos que alojo dentro. Y que me piden abrirse como heridas antiguas, recién hechas, como las amapolas que he visto hoy por primera vez este año, desde el tren. Hay un haiku, no recuerdo de qué autor, que habla de que ningún cerezo puede evitar su derroche cuando crecen los días.